La formación franciscana tiene por objeto conseguir que todos los hermanos y todos los candidatos puedan, bajo la inspiración del Espíritu Santo, seguir incesantemente a Cristo en el mundo actual según la forma de vida y la Regla de San Francisco de Asís.
Por lo tanto, para nosotros los Franciscanos la formación es un camino de toda la vida, tanto personal como comunitaria, en el que se desarrollan las capacidades propias, el testimonio evangélico y la opción vocacional, según el ejemplo de San Francisco de Asís, quien nos invita siempre a ser mensajeros creíbles del amor de Dios.



En esta etapa, desde las actividades que cotidianamente realizas, manifestarás tu deseo de profundizar en el discernimiento de tu orientación vocacional en compañía de un hermano animador vocacional, quien te orientará y acompañará para discernir el querer de Dios en tu vida.



El postulantado es la etapa necesaria para la adecuada preparación al noviciado. Durante ella, como postulante, reafirmarás tu determinación de convertirte a través del paso progresivo de la vida seglar a la vida franciscana, analizarás las íntimas motivaciones de tu propia vocación y adquirirás un gradual conocimiento y experiencia de la vida franciscana.



En el noviciado, con el que iniciarás tu vida en la Orden, tendrás un periodo de más intensa formación; continuarás el discernimiento y la profundización en tu decisión de seguir a Jesucristo en la Iglesia y en el mundo de hoy, según el espíritu de san Francisco, conociendo y experimentando más profundamente la forma de vida franciscana.



En el tiempo de la profesión temporal profundizarás en tu formación humana, cristiana y franciscana, a la vez que te formas en filosofía y teología; de esta manera, recibirás las herramientas que te permitan vivir más plenamente la vida propia de la Orden. Concluido el tiempo de la profesión temporal, los hermanos que espontáneamente lo piden y fueren hallados idóneos, serán admitidos a la profesión solemne, con lo cual se incorporan definitivamente a la Orden.



Conscientes que nuestra meta como cristianos es la santidad, la formación permanente de los hermanos es el camino de toda la vida, tanto personal como comunitaria, en el que se desarrollan de modo ininterrumpido las dotes propias, el testimonio evangélico y la opción vocacional, según el ejemplo de San Francisco, quien nos dice “empecemos hermanos, pues poco o nada hemos hecho” (1C 103).